sábado 7 de noviembre de 2009

La ley de Murphy

No podía ser verdad. No podía tener tan mala suerte. La luz del sol todavía se filtraba por los huecos de la persiana, pero eso no era suficiente para aliviar esa sensación de frío y desasosiego que le oprimía el pecho y no le dejaba pensar con claridad. Ella sólo había intentado arreglar las cosas... a su manera.
Todo empezó unos días atrás, cuando su jefe había convocado una reunión urgente. Las cosas no iban del todo bien en la empresa y había que reducir gastos. Trás un sinfín de buenas palabras, agradeciendo las infinitas horas extras realizadas por los trabajores, fue anunciando, uno por uno, los afectados por la reducción de personal que irremediablemente tenía que llevar a cabo. Ahí empezó a planear la sombra que le iba a perseguir hasta hoy, en el preciso momento que oyó su nombre entre los elegidos para empezar una nueva vida fuera de la empresa.
La nube negra se colocó sobre su cabeza. Todavía era muy pronto para vislumbrarla. "Soy joven, tengo una carrera, experiencia... no va a ser dificil encontrar algo nuevo, y seguro que mejor" No sabía que las cosas siempre pueden empeorar.
Empezó a notar algo, cuando al volver a su casa, el coche se paró, en una solitaria carretera, que había cogido como desvío para evitar el gran atasco que había en la autopista. No sólo se paró y se negó a volver a ponerse en marcha, si no que, de repente, una tormenta de agua y viento rebentó sobre ella, como si el cielo hubiese conspirado para acabar de destrozarle el día.
Al día siguiente, sin trabajo, con el coche en el taller y un resfriado que amenazaba con hacerle quedarse en cama, recibió la llamada de su casero. Le recordaba que su contrato finalizaba este mes, y le anunciaba que necesitaba el piso para su hijo, así que tenía una semana para mudarse.
Las cosas empezaban a torcerse de mala manera. Sin trabajo, no había piso nuevo, y sin piso... mejor no pensarlo. Podía ser el momento ideal de irse a vivir con John, ninguno de los dos estaba totalmente convencido, pero por probar no se perdía nada. Cogió el móvil y le llamó. Su cara se transformó cuando una niña contestó al teléfono diciendo: "Papá está ocupado". Papá? John tenía una hija? Colgó.
Tenía que tomar una decisión drástica, y la tomó. Se vistió, bajó a la calle y cogió el primer tren con destino a la que había sido su oficina hasta hacía escasas 24 horas. No le gustaba suplicar, pero en esos momentos no había muchas más opciones. No consiguió ni entrar.
Sus nervios estaban tomando el mando de su mente, y sus más bajos instintos empezaron a aflorar en el mismo instante en que el guarda de seguridad le prohibió por tercera vez entrar en el edificio. Tras un forcejeo, y sin saber muy bien cómo, el arma del guarda acabó en sus manos. Estaba apuntando con una pistola a un hombre desarmado, ya no había vuelta atrás. Así seguro que entraría y podría hablar con el responsable de su situación. Pero ahora no iba a suplicar, no, ahora tenía un arma, y podía exigir.
No se dió cuenta de que dos guardas de un edificio cercano habían visto la pelea, y estaban situados tras ella, con sus armas a punto de ser disparadas. Ella sólo veía que no tenía vuelta atrás.
Ahora estaba encerrada, en una celda de comisaría, esperando que un juez decidiese qué hacer con ella. Los nervios habían desaparecido, los instintos de ataque y supervivencia habían vuelto a su escondite, y sólo sentía frío y cansancio. Ganas de volver atrás en el tiempo y de desaparecer. Su vida había cambiado radicalmente en menos de 48 horas y no sabía como podía haber pasado. Su mente sólo era capaz de repetir: "si no me llamara Murphy seguro que todo hubiera sido diferente"

lunes 3 de agosto de 2009

La maldición del reloj

La maldición del reloj
Un minirelato de iniciación al misterio

Volvían a ser las doce. Como cada noche desde hacía algunos días, esperaba que volviera a suceder. Pero esta vez sabía lo que estaba pasando.
Unos días antes recibió la herencia de la tía abuela Ágata. Un precioso reloj de pie que siempre había estado en el viejo caserón, y que de niños siempre usaban como refugio al jugar al escondite. Nunca había funcionado, así que no sabía que sentido tenía que la tía abuela Ágata lo guardara, y mucho menos que se lo hubiera dejado como herencia. Pero le traía muchos recuerdos, así que decidió dejarlo en la sala, hasta que encontrara un relojero que intentara arreglarlo.
Y allí se quedó el reloj, tranquilo, sin hacer ningún ruido, hasta que, de repente, a las doce en punto de la noche, se empezó a oír: Dong, dong,...Se despertó sobresaltado y fue corriendo a la sala. Ahí estaba el reloj, sonando como si funcionara perfectamente y señalando las 12 en punto. Cuando acabaron de sonar las campanadas, decidió que no valía la pena preocuparse, que seguramente con el movimiento del viaje, algún mecanismo habría saltado. Así que volvió a la cama y se quedó profundamente dormido.
La noche siguiente, a las doce en punto, se escucharon cuatro campanadas, y a la siguiente cinco, y a la siguiente seis. Empezaba a estar cansado. Tenía que llevar el reloj a arreglar, o acabarlo de romper. Eso de sonar a las doce cada noche le volvería loco. Buscó un relojero experto, y se lo llevó para que mirara que le pasaba. A los cinco días, el relojero le llamó: “Este reloj no tiene arreglo, pero he encontrado una carta dirigida a usted dentro del mecanismo.”
Al día siguiente fue a buscar el reloj, y la carta. Era de la tía abuela Ágata :
“Querido sobrino, te dejo este reloj a mi muerte por que sé que os gustaba mucho de pequeños, y por que estoy segura que serás el único que podrá resolver el misterio.
Este reloj se lo regalaron a mi abuela como regalo de bodas. Era el regalo de una antigua novia de mi abuelo, que se sentía despechada y tenía fama de practicar ritos de brujería. Por eso, y por que parecía no funcionar, lo dejaron relegado al desván, donde vosotros jugabais. Hace unos años llegó a mi poder una carta de esa mujer, dirigida a mi abuelo, revelándole que el reloj estaba embrujado, y que lo único que quería era recuperarle, aunque fuera con malas artes.
Como sabes, nunca ha funcionado, pero cuando cambia de ubicación, un día tras otro va marcando los días, como si fueran horas, y el último día a las doce se oye un acertijo. El que no lo resuelva cuando acaben de sonar las campanadas sufre la maldición, y ésta seguirá actuando mientras alguien no encuentre su solución.
Mi idea era resolverlo sola, pero estoy enferma, noto que las fuerzas me fallan y que no llegaré al último día, así que aquí se despide tu tía abuela Ágata, deseándote lo mejor y que puedas resolver el acertijo cuando el reloj te lo plantee
PD: el acertijo es el siguiente
“Tres hermanos viven en una casa: son de veras diferentes; si quieres distinguirlos, los tres se parecen.
El primero no está: ha de venir; el segundo no está: ya se fue; sólo está el tercero menor de todos;
sin él, no existirían los otros. Aun así, el tercero sólo existe porque en el segundo se convierte el primero
Si quieres mirarlo no ves más que otro de sus hermanos.
Dime pues: ¿los tres son uno?, ¿o sólo dos? , ¿o ninguno?
Si sabes como se llaman reconocerás tres soberanos. Juntos reinan en un país que ellos son. En eso son iguales.”
Y ahí estaba, esperando que fueran las doce, esperando que el reloj empezara a sonar. Había estado todo el día pensando en cuál podría ser la solución y cuáles las consecuencias, porque la tía Ágata no había dicho cual era la maldición. Y no acababa de decidirse, ni en una cosa ni en la otra; hasta que cuando empezó a sonar el reloj, y con voz profunda empezó a decir el acertijo, se le ocurrió la solución. Cuando acabó el acertijo dijo:
ES EL TIEMPO!! EL PASADO; EL PRESENTE Y EL FUTURO!!!
De repente, el reloj se paró, hizo un ruido extraño y a continuación el péndulo empezó a moverse, rítmicamente, de izquierda a derecha, y se empezó a oír el tic, tac de un reloj normal y corriente. Había acertado, y la maldición, fuera la que fuese, había desaparecido.

lunes 20 de julio de 2009

Ahí estaba ella

Ahí estaba ella (relato presentado al concurso bellver de relatos breves 2009)

Ahí estaba ella, una noche más, sentada sobre el alféizar de la ventana, observando la luna llena. La noche era cálida, una suave brisa movía su melena y una luz mortecina entraba en la habitación, iluminando una cama vacía.

Ahí estaba ella, pidiéndole a la luna qué había hecho mal, qué había pasado para que volviera a estar sola.

Pero la luna no contestaba, con su silencio le obligaba a recordar instantes, palabras, miradas… todo aquello que había ido borrando de su memoria tras meses de convivencia.

Al principio todo era maravilloso, el amor flotaba por todos los rincones de la casa, la sola idea de su presencia era suficiente para ser la mujer más feliz del mundo. Pero de repente, él empezó a cambiar. Primero fueron miradas incriminatorias, luego palabras duras, y ella cada vez más apagada, y el amor cada vez más ahogado entre las paredes de una casa que se estaba convirtiendo en una cárcel. Una cárcel que se hacía más y más pequeña, igual que ella, mientras él se volvía más y más grande. Una cárcel de la que sólo escapaba en noches solitarias, observando la luna desde el alféizar de la ventana.

Los pocos amigos que tenía, intentaron avisar, pero creía que todo volvería a ser como al principio, cuando eran felices. Pero no cambió. Y la luna seguía sin contestarle, sin darle consejos. Hasta ese día en que las miradas y palabras pasaron a ser golpes, cuando ya no pudo más.
Ahora ahí estaba ella, en una nueva casa, una nueva habitación y una nueva ventana, pidiendo consejo a la luna, queriendo saber qué había ido mal. Pero sabía que la luna no le iba a contestar, sabía que tenía que ser fuerte, que tenía que aprender no había hecho nada mal, que no tenía la culpa y que a partir de ese momento volvía a ser una mujer.